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February 6, 2026
Del swipe al diálogo: cómo los gustos culturales están redefiniendo el amor en la era digital
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Del swipe al diálogo: cómo los gustos culturales están redefiniendo el amor en la era digital

Feb 6, 2026

Durante la última década, las aplicaciones de citas han monopolizado buena parte del imaginario colectivo sobre cómo se conoce gente y se construyen relaciones afectivas en internet. Sin embargo, de manera silenciosa pero constante, está emergiendo una alternativa que cuestiona ese modelo acelerado, visual y mercantilizado del vínculo: el encuentro a partir de afinidades culturales en plataformas que no fueron creadas para ligar. Goodreads, Reddit, Instagram, foros especializados o comunidades de fans se están convirtiendo en espacios donde el amor aparece sin ser convocado, casi como un efecto colateral de la conversación.

En estos entornos no hay biografías diseñadas para seducir ni fotografías optimizadas para captar atención en segundos. El punto de partida es otro: un comentario sobre una novela, una discusión sobre una película de terror, un meme compartido o una recomendación musical. A partir de ahí, sin la presión explícita del emparejamiento, se construyen diálogos que, en algunos casos, derivan en vínculos emocionales profundos. A este fenómeno se le ha empezado a llamar taste matching: conectar desde lo que se comparte simbólicamente, no desde la exhibición del yo.

Este cambio no es anecdótico. Refleja un malestar creciente con las lógicas dominantes de las apps de citas, que reproducen dinámicas propias del mercado: perfiles como escaparates, personas convertidas en productos y decisiones rápidas basadas casi exclusivamente en la imagen. Para muchos usuarios, este sistema genera cansancio, frustración y relaciones efímeras que difícilmente satisfacen necesidades emocionales más complejas.

Desde una perspectiva sociológica, este desplazamiento no implica el fin de las aplicaciones de ligue, sino una diversificación de los espacios de socialización. La digitalización ha erosionado muchos lugares tradicionales de encuentro —bares, asociaciones, espacios comunitarios— y, al mismo tiempo, ha creado otros nuevos. Las plataformas culturales funcionan como ágoras contemporáneas donde se intercambian ideas, referencias y opiniones, y donde puede surgir una intimidad menos impostada y más progresiva.

Uno de los elementos centrales de este modelo es la reducción de la presión estética. Al no partir de la imagen ni de la intención explícita de seducir, muchas personas —especialmente adultas— encuentran un entorno más cómodo para expresarse. La conversación precede al juicio visual y el interés se construye a partir del pensamiento, el humor o la sensibilidad cultural. Esto no garantiza relaciones más exitosas, pero sí modifica el punto de partida y el tono del vínculo.

Compartir gustos culturales también tiene una dimensión política. En una sociedad marcada por la fragmentación, la sobreexposición y la comunicación superficial, las referencias comunes funcionan como un lenguaje compartido que facilita el entendimiento. Hablar de libros, cine o música no es solo una actividad de ocio: es una forma de posicionarse en el mundo, de expresar valores, inquietudes y formas de mirar la realidad. En ese sentido, estas afinidades pueden convertirse en una base simbólica sólida para construir proyectos afectivos.

No obstante, este modelo no está exento de riesgos. El hecho de que muchas de estas relaciones se desarrollen inicialmente por escrito y a distancia puede fomentar procesos de idealización. La palabra cuidadosamente elegida, la ausencia del cuerpo y la falta de convivencia cotidiana pueden crear una imagen parcial del otro que no siempre se sostiene en el encuentro presencial. Cuando la relación salta al plano físico, aparecen las diferencias de ritmos, expectativas y modos de estar que no se percibían en el intercambio digital.

Aun así, para muchas personas, esta forma de vincularse representa una resistencia frente a la lógica de la inmediatez. Frente al “amor rápido” promovido por algunas plataformas, emerge la idea de un “amor lento”, construido sin prisas, sin algoritmos que optimicen resultados y sin la ansiedad constante de la sustitución. No se trata de rechazar lo digital, sino de habitarlo de otra manera, con más tiempo y menos rendimiento.

En última instancia, ni la tecnología ni el espacio donde se conoce a alguien determinan el éxito de una relación. Lo decisivo sigue siendo el trabajo cotidiano: la comunicación, el cuidado mutuo y la capacidad de sostener el vínculo en la realidad compartida. Las plataformas cambian, las modas pasan, pero la necesidad humana de conexión auténtica permanece. Y quizá por eso, en medio del ruido digital, cada vez más personas eligen encontrarse hablando de lo que aman, antes que mostrándose para ser elegidas.

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