El riesgo del sobrediagnóstico de TDAH: cuando el talento es confundido con trastorno
En los últimos años, el aumento sostenido de diagnósticos de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) ha abierto un debate urgente en el ámbito educativo y clínico. Cada vez más niños son etiquetados como inatentos, impulsivos o hiperactivos, y una proporción significativa inicia tratamientos farmacológicos desde edades tempranas. Sin embargo, especialistas advierten que detrás de este fenómeno puede existir un problema de diagnóstico impreciso que termina afectando particularmente a un grupo específico: los menores con altas capacidades intelectuales.
El punto de fondo no es cuestionar la existencia del TDAH ni deslegitimar su tratamiento cuando está correctamente indicado. El problema surge cuando comportamientos propios del talento y del desarrollo cognitivo avanzado son interpretados como síntomas clínicos, generando intervenciones innecesarias y, en algunos casos, contraproducentes.
Conductas similares, necesidades distintas
A simple vista, un niño con altas capacidades puede parecer desatento, inquieto o impulsivo. Puede interrumpir, cuestionar, distraerse ante tareas repetitivas o desconectarse cuando el ritmo de la clase no representa un desafío. Estas conductas, observadas sin un análisis profundo, pueden encajar fácilmente en los criterios diagnósticos del TDAH.
No obstante, la diferencia radica en la naturaleza de la atención. En el TDAH, el déficit atencional es estructural y persistente en la mayoría de los contextos. En cambio, en los niños con altas capacidades, la atención suele ser selectiva: se activa intensamente ante el estímulo adecuado y se desvanece frente a la monotonía.
El problema no siempre está en el niño, sino en el desajuste entre su ritmo cognitivo y el entorno educativo.
El papel clave del sistema educativo
Una parte del sobrediagnóstico puede explicarse por la falta de formación especializada en el reconocimiento del talento académico. Los docentes son, en la mayoría de los casos, los primeros en alertar sobre conductas que consideran problemáticas. Sin embargo, sin herramientas suficientes para distinguir entre déficit y diferencia, existe el riesgo de patologizar comportamientos que en realidad responden a un desarrollo intelectual avanzado.
Un estudiante que se aburre puede parecer distraído. Uno que formula preguntas complejas o desafía una explicación puede ser visto como disruptivo. Pero detrás de estas conductas puede haber curiosidad, pensamiento divergente y necesidad de mayor estimulación.
Lo que muestran los estudios sobre altas capacidades
Investigaciones recientes sobre funcionamiento cerebral y funciones ejecutivas en niños con altas capacidades evidencian que, aunque poseen un procesamiento de información más rápido y profundo, pueden presentar dificultades en áreas específicas.
Algunos muestran inquietud motora, cambios emocionales intensos o dificultades en la organización y planificación. Pueden olvidar materiales, subestimar el tiempo necesario para completar tareas o cometer errores por descuido. También pueden experimentar frustración ante tareas extensas o poco estimulantes.
Estas características pueden parecer síntomas de TDAH, pero en muchos casos están vinculadas a:
- Sensibilidad emocional elevada.
- Alta autoexigencia.
- Pensamiento acelerado.
- Desfase entre capacidad intelectual y madurez emocional.
- Falta de reto en el entorno académico.
La clave está en comprender el contexto y el perfil cognitivo global del menor.
El impacto de un diagnóstico equivocado
Cuando un niño con altas capacidades recibe un diagnóstico inadecuado de TDAH, las consecuencias pueden ser profundas.
En primer lugar, puede iniciarse una medicación innecesaria, con efectos secundarios y posibles implicaciones aún poco estudiadas en el desarrollo cerebral a largo plazo.
En segundo lugar, el impacto emocional puede ser significativo. El mensaje implícito de un diagnóstico erróneo puede traducirse en la idea de que “hay algo mal” en su forma de ser o de aprender.
Muchos adolescentes con alto potencial intelectual llegan a consulta con sentimientos de frustración, incomprensión y baja autoestima, convencidos de que el problema está en ellos y no en la falta de ajuste del entorno.
Además, el etiquetado clínico puede invisibilizar el talento, desviar la atención de sus capacidades y limitar oportunidades de desarrollo adecuado.
La importancia de una evaluación rigurosa
Diferenciar entre TDAH y altas capacidades requiere una evaluación exhaustiva que contemple:
- Atención en distintos contextos.
- Nivel de motivación ante tareas desafiantes.
- Perfil cognitivo completo.
- Funcionamiento ejecutivo.
- Desarrollo emocional.
- Historia escolar y familiar.
No basta con observar inquietud o distracción. Es necesario determinar si la dificultad es generalizada o depende del entorno y del estímulo.
La atención deteriorada estructuralmente no es lo mismo que la atención selectiva motivada por el interés.
Diagnosticar mejor, no diagnosticar más
El debate no debe centrarse en negar el TDAH ni en cuestionar la validez de los tratamientos cuando están correctamente indicados. El verdadero desafío es afinar la mirada profesional y educativa.
Confundir la diferencia con el déficit puede generar heridas emocionales duraderas. Cuando un niño con alta capacidad intelectual es tratado como un problema que debe corregirse, el mensaje implícito es que su intensidad, su curiosidad y su pensamiento divergente son defectos.
El reto consiste en cambiar el enfoque: pasar de una mirada centrada en la patología a una comprensión basada en el potencial y la diversidad cognitiva.
Reconocer las altas capacidades implica adaptar el entorno educativo, ofrecer mayor reto intelectual y acompañar el desarrollo emocional con sensibilidad y conocimiento.
En definitiva, no se trata de diagnosticar menos, sino de diagnosticar mejor. Porque cuando el talento se confunde con trastorno, no solo se comete un error clínico: se limita una oportunidad de desarrollo.

