La presión de criar: el estrés parental se convierte en un problema de salud pública
Criar hijos en el siglo XXI se ha convertido en una fuente creciente de estrés para millones de familias. Así lo advierte un informe avalado a finales de 2024 por el entonces director general de Salud Pública de Estados Unidos, Vivek H. Murthy, que pone sobre la mesa una realidad preocupante: una parte significativa de madres y padres vive la crianza bajo niveles de presión que afectan su bienestar emocional y su capacidad de funcionamiento diario.
Según el documento Parents under pressure, el 41 % de los progenitores estadounidenses asegura que la mayoría de los días se siente tan estresado que no logra desempeñarse con normalidad, mientras que el 48 % describe su nivel de estrés como completamente abrumador. Estas cifras contrastan con las registradas entre personas sin hijos, donde los porcentajes caen al 20 % y 26 %, respectivamente, lo que evidencia el peso emocional adicional que implica la maternidad y la paternidad.
Especialistas en psicología perinatal coinciden en que el contexto actual ha elevado las exigencias asociadas a la crianza. “Educar a un hijo siempre ha requerido esfuerzo, pero hoy se hace en un entorno de alta presión social, económica y emocional”, explica Raquel Huéscar, psicóloga especializada en acompañamiento parental. En una línea similar, Máximo Peña, también psicólogo perinatal y autor de Paternidad aquí y ahora, sostiene que cada época impone desafíos distintos, pero que el modelo social contemporáneo dificulta especialmente la experiencia de criar.
Uno de los factores más determinantes señalados en el informe es la inseguridad económica. La dificultad para garantizar ingresos estables, vivienda digna y acceso a servicios básicos genera una preocupación constante en las familias. En Europa, los datos reflejan una situación alarmante: en 2024, más de un tercio de los menores de edad en España se encontraba en riesgo de pobreza o exclusión social, una de las cifras más altas de la Unión Europea. “La incertidumbre sobre si se podrá cubrir lo esencial impacta directamente en la salud mental de madres y padres, y termina afectando a toda la dinámica familiar”, señala Peña.
A esta presión económica se suma la falta de tiempo. El informe evidencia que, en Estados Unidos, las horas dedicadas al trabajo remunerado han aumentado de manera sostenida en las últimas décadas, al mismo tiempo que crece el tiempo que madres y padres dedican al cuidado directo de sus hijos. Sin embargo, la jornada diaria no se ha ampliado, lo que obliga a equilibrar responsabilidades laborales y familiares en un marco cada vez más ajustado. “Vivimos en una cultura que premia la productividad constante y dificulta detenerse, descansar y estar presentes”, apunta Huéscar.
Otro elemento clave es la creciente soledad en la crianza. A diferencia de modelos históricos basados en comunidades amplias y redes familiares sólidas, muchas familias actuales afrontan la educación de los hijos de forma aislada, especialmente en entornos urbanos. “Criar sin apoyo es una experiencia relativamente nueva en términos históricos”, explica Peña, quien advierte que este aislamiento incrementa el agotamiento emocional y contribuye al deterioro de la salud mental tanto de adultos como de niños.
El impacto de la tecnología y las redes sociales también ocupa un lugar central en el análisis. Casi siete de cada diez padres estadounidenses consideran que criar hoy es más difícil que hace dos décadas, y señalan el uso de pantallas y plataformas digitales como una de las principales razones. Sin embargo, los expertos subrayan que el efecto no se limita a los hijos. “Si los adultos están permanentemente distraídos por el teléfono o las redes, se reduce la presencia emocional necesaria para cuidar”, afirma Peña.
Además, las redes sociales tienden a proyectar modelos idealizados de maternidad y paternidad que pueden intensificar la presión y la sensación de insuficiencia. “Compararse con imágenes irreales de familias perfectas aumenta la carga emocional y la culpa”, advierte Huéscar, quien reconoce que, aunque en algunos casos estas plataformas pueden generar apoyo, con frecuencia terminan reforzando expectativas poco realistas.
Frente a este panorama, los especialistas coinciden en que existen estrategias individuales que pueden aliviar parte del estrés, como ajustar expectativas, aceptar los propios límites y construir redes de apoyo con otras familias. No obstante, insisten en que el problema tiene una dimensión estructural. El informe estadounidense plantea que la crianza debe ser reconocida como una labor socialmente valiosa y respaldada por políticas públicas concretas.
Murthy subraya que criar a un niño tiene un impacto directo en el futuro de la sociedad y no debería considerarse menos relevante que el trabajo remunerado. En ese sentido, propone una mayor corresponsabilidad social, a través de programas, políticas y cambios culturales que reduzcan la carga sobre las familias.
En países como España, esta discusión sigue abierta. “Las madres y los padres afrontan la crianza prácticamente solos, con apoyos públicos insuficientes”, señala Peña, quien aboga por medidas como jornadas laborales más cortas, ayudas económicas directas, acceso universal a guarderías, flexibilidad laboral y entornos urbanos pensados para la infancia. “No se trata solo de crear políticas familiares, sino de colocar el cuidado en el centro de la agenda pública”, concluye.

