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February 9, 2026
“Somos la generación de la comodidad extrema”: la advertencia de un psicólogo sobre la baja tolerancia a la frustración
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“Somos la generación de la comodidad extrema”: la advertencia de un psicólogo sobre la baja tolerancia a la frustración

Feb 9, 2026

La vida cotidiana está llena de pequeños contratiempos: una fila que avanza lento, una conexión que falla, un plan que no sale como se esperaba. Sin embargo, en una sociedad marcada por la inmediatez y la satisfacción instantánea, estos episodios mínimos se han convertido en detonantes de irritación, ansiedad y reacciones desproporcionadas. Para el psicólogo Javier García Ruiz, esta dificultad para tolerar la frustración no es casual: es el reflejo de una cultura que ha reducido al mínimo la capacidad de esperar, adaptarse y sostener lo incómodo.

Desde su experiencia clínica y su trabajo de divulgación en redes sociales, García Ruiz advierte que nos hemos acostumbrado a un entorno diseñado para evitar cualquier molestia. Aplicaciones que entregan todo al instante, servicios personalizados al extremo y soluciones inmediatas han moldeado una expectativa poco realista: que nada debería incomodarnos. El problema aparece cuando la realidad —inevitablemente imperfecta— no cumple con ese estándar.

La frustración, explica el especialista, no es el enemigo. Es una emoción básica, necesaria para el aprendizaje, la maduración emocional y la resiliencia. El verdadero riesgo surge cuando no sabemos gestionarla. En esos casos, cualquier obstáculo se vive como una amenaza, activando respuestas emocionales intensas que no guardan proporción con la situación real.

El entrenamiento de la incomodidad

Una de las claves que propone el psicólogo para fortalecer la tolerancia a la frustración es dejar de huir sistemáticamente de la incomodidad. No se trata de buscar el malestar de forma deliberada, sino de permitir pequeñas experiencias que desafíen nuestra necesidad constante de confort. Acciones simples, como caminar en lugar de tomar el ascensor, soportar unos minutos de silencio sin estímulos o aceptar una ligera incomodidad física, funcionan como un entrenamiento emocional.

Estas “microincomodidades” enseñan al cerebro que no todo lo desagradable es peligroso. Cuando evitamos cualquier molestia, reforzamos la creencia de que no somos capaces de manejarla. En cambio, al atravesarla conscientemente, ampliamos nuestra capacidad de regulación emocional y reducimos la reactividad ante situaciones similares en el futuro.

El papel del diálogo interno

Otro elemento central en la baja tolerancia a la frustración es el lenguaje que usamos con nosotros mismos. Pensamientos automáticos como “no soporto esto”, “esto es insoportable” o “todo me sale mal” actúan como amplificadores emocionales. Según García Ruiz, aprender a reformular estas frases no elimina la incomodidad, pero sí evita que se convierta en una crisis emocional.

La psicología cognitivo-conductual ha demostrado que cambiar la forma de interpretar una situación modifica la respuesta emocional y fisiológica. Sustituir mensajes catastrofistas por otros más realistas —como “esto es molesto, pero pasará” o “puedo manejarlo”— ayuda a mantener la calma y recuperar el control. No se trata de negar lo que se siente, sino de darle una dimensión más ajustada a la realidad.

Aceptar en lugar de luchar

El especialista también destaca la importancia de la aceptación consciente, una estrategia vinculada al mindfulness y a la regulación emocional. Frente al impulso automático de escapar de la espera, el ruido o el error, propone detenerse unos segundos, respirar y observar la sensación sin juicio. Esa pausa, breve pero intencional, reduce la activación del sistema de estrés.

La evidencia científica respalda este enfoque: la evitación constante refuerza la ansiedad, mientras que la aceptación disminuye la intensidad emocional con el tiempo. Cuando dejamos de pelear contra cada contratiempo, la mente aprende que no necesita encender todas las alarmas ante cualquier frustración.

Una habilidad que se puede recuperar

Para García Ruiz, la baja tolerancia a la frustración no define a una generación, pero sí revela un déficit entrenable. La paciencia, la flexibilidad y la capacidad de adaptación no se pierden para siempre; se debilitan cuando no se practican. En un mundo diseñado para la comodidad extrema, aprender a convivir con lo incómodo se convierte casi en un acto de autocuidado.

Aceptar que no todo será inmediato, perfecto o ajustado a nuestros deseos no es resignación, sino madurez emocional. Y en esa capacidad de sostener la frustración sin desbordarnos, concluye el psicólogo, se juega buena parte de nuestro bienestar mental en la vida adulta.

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