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La generación que aprendió a resistir: por qué quienes crecieron en los años 60 desarrollaron una resiliencia distinta
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La generación que aprendió a resistir: por qué quienes crecieron en los años 60 desarrollaron una resiliencia distinta

Mar 27, 2026

En medio del debate actual sobre salud mental, crianza y bienestar emocional, una mirada al pasado está generando nuevas reflexiones. Diversos estudios en psicología del desarrollo sugieren que las personas que crecieron en la década de 1960 desarrollaron una resiliencia particular, marcada por una mayor capacidad para enfrentar la frustración, tomar decisiones y adaptarse a la adversidad.

Lejos de tratarse de una idealización del pasado, esta conclusión parte de análisis académicos que han identificado diferencias profundas entre los entornos de crianza de hace seis décadas y los actuales. En el centro de la discusión está una idea clave: la autonomía temprana, incluso cuando no era intencional, jugó un papel determinante en la construcción de recursos emocionales sólidos.

La autonomía como escuela de vida

En los años 60, la infancia transcurría en un contexto muy distinto al actual. Con menor supervisión adulta, los niños debían resolver conflictos por sí mismos, organizar su tiempo y enfrentar situaciones cotidianas sin intervención constante.

La psicóloga Diana Baumrind, desde la Universidad de California, Berkeley, fue una de las primeras en clasificar los estilos de crianza. Sin embargo, más allá de sus categorías —autoritario, autoritativo y permisivo—, la realidad de la época estaba marcada por algo más profundo: una independencia casi obligatoria.

Este contexto, aunque hoy podría parecer riesgoso, permitió el desarrollo de habilidades como la toma de decisiones, la negociación social y la tolerancia a la frustración. No había soluciones inmediatas ni adultos disponibles en todo momento. Había, en cambio, experiencias directas que exigían adaptación.

El psicólogo Peter Gray, del Boston College, ha descrito este fenómeno como “juego libre”: un espacio donde los niños aprenden a interactuar, resolver conflictos y gestionar emociones sin la mediación adulta. Según su enfoque, este tipo de experiencias es fundamental para el desarrollo emocional.

El cambio en la percepción del control

Uno de los hallazgos más relevantes en este campo proviene de estudios sobre el “locus de control”, un concepto psicológico que describe si una persona percibe que tiene control sobre su vida o si, por el contrario, cree que depende de factores externos.

La psicóloga Jean Twenge analizó este fenómeno a lo largo de varias décadas y encontró un cambio significativo: mientras que en los años 60 predominaba un locus de control interno —la creencia de que las decisiones propias influyen en el destino—, en generaciones más recientes se ha desplazado hacia un enfoque más externo.

Para 2002, un joven promedio se sentía más influenciado por factores externos que el 80% de los jóvenes de los años 60. Este cambio no es menor. Está asociado con un aumento en los niveles de ansiedad, depresión y sensación de falta de control.

La tolerancia a la angustia: una habilidad olvidada

Otro concepto clave es la “tolerancia a la angustia”: la capacidad de convivir con el malestar sin necesidad de eliminarlo de inmediato. En la década de 1960, esta habilidad no se enseñaba de forma consciente, pero se desarrollaba naturalmente.

La ausencia de gratificación instantánea, la falta de tecnología y la necesidad de esperar o esforzarse por pequeñas recompensas funcionaban como un entrenamiento emocional constante. El aburrimiento, por ejemplo, no era algo que se evitara, sino una experiencia común que obligaba a buscar soluciones creativas.

Hoy, en contraste, muchos entornos buscan eliminar cualquier forma de incomodidad. Y aunque esto parte de una intención positiva, algunos expertos advierten que podría estar limitando el desarrollo de herramientas emocionales clave.

¿Más protección, menos resiliencia?

El cambio en los modelos de crianza ha sido profundo. La supervisión constante, el acompañamiento permanente y la intervención inmediata ante cualquier dificultad han redefinido la infancia.

Sin embargo, este modelo también plantea interrogantes. Algunos estudios sugieren que una sobreprotección excesiva puede enviar un mensaje implícito: que el niño no es capaz de enfrentar los desafíos por sí mismo. Esto, a largo plazo, podría debilitar su confianza y su capacidad de adaptación.

En el pasado, muchas crisis emocionales se resolvían en espacios cotidianos como el patio de juegos. Hoy, esas experiencias tienden a postergarse, llegando a la adultez sin haber desarrollado completamente las herramientas necesarias para afrontarlas.

Un equilibrio necesario

Esto no significa que el modelo de los años 60 deba replicarse sin cuestionamientos. Aquella época también estuvo marcada por la falta de reconocimiento de la salud mental, la represión emocional y la ausencia de acompañamiento en situaciones críticas.

El desafío actual no es volver al pasado, sino encontrar un equilibrio. Combinar el acompañamiento emocional con espacios de autonomía, permitir el error sin abandonar el apoyo, y entender que la incomodidad también forma parte del crecimiento.

Porque, al final, la resiliencia no se enseña solo con palabras. Se construye en la experiencia. Y quizás, en medio de los avances y las nuevas formas de crianza, esa sea una de las lecciones más valiosas que dejó una generación que aprendió a resistir antes de saber cómo llamarlo.

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